Liberar el dolor

Pudimos celebrar el 1 de Mayo con un paseo hermoso y nuevo. Hacía 50 días que no salíamos juntas a la calle y observarnos con todos los sentidos el paisaje cotidiano que ahora parecía distinto. Por el silencio, por la distancia, por las cabezas bajas y la ausencia de saludos con la mirada. Hacía sol, había gente y muchas flores y follajes desbocados, libres e indomables que cubrían el camino de tierra por el que decidimos caminar.

Nos habría gustado llevarte a la manifestación del Día Internacional del Trabajo, pero más nos habría gustado que la vida de casi 27 mil personas no se hubiera ido, o al menos no así. Solas, sorprendidas, incrédulas, en agonía, ajenas a un final indeseado y a un dolor profundo sobre el alma de quienes se quedan aquí sin ellos, sin ellas.

Entre los esfuerzos ingentes para tratar de mirar a este presente con esperanza, hay una tendencia a alejarnos del dolor. Es sin duda una manera de sobrevivir, es comprensible. Pero en algún momento habrá que atender a ese dolor común, a ese dolor de la humanidad que seguirá arraigado en cada amanecer en la medida que sigamos ignorando el sufrimiento y las causas que lo provocan. Sea una pandemia, la guerra, el hambre, la huida forzosa, la violencia, el miedo, el rechazo o el odio.

A las semanas de llegar a Guatemala, en marzo del 2011, conocí a Poncho en La Casa Roja, su casa y templo de la productora Luciérnaga. Ingenua y curiosa, a los días le pregunté cómo estaba, si se sentía bien y feliz con los mil y un proyectos que ponía -o se proponía poner- en marcha. Esperaba inconscientemente una respuesta rutinaria, un sí y algún pero. Me equivocaba. Aún no he logrado desprenderme de su respuesta. “Cómo se puede ser feliz en este país, ¿cómo? Hambre, abuso, pobreza, violencia… No puedo decirte que soy feliz. Pero tengo días buenos”.

En Guatemala tuve días buenos, días increíbles, pero la reflexión de Poncho aparecía cuando la felicidad quería embargarme en exceso. Con los años aprendí a sentirme feliz sin sentirme culpable, pero esa felicidad nunca nubló ni ocultó la preocupación por acabar con las infinitas injusticias que dominan en Guatemala.

Algo así siento ahora. Hace tiempo que ya no me acuesto con los datos y que evito los testimonios de familiares para no llorar. Es la manera de sobrellevarlo. Pero no olvido que ese dolor está aquí, por esta y tantas causas, y que para atenderlo -cuando sea el momento- necesitaremos una gran ceremonia , como hace el pueblo maya, para sanar y conectar con ese dolor y que pueda así ser liberado.

Como en este país nos cuesta mucho ponernos de acuerdo, quizá sea difícil un ejercicio sanador comunitario, pero podemos acotarlo a nuestras casas, grupos, familias, para poder dar luz y amor, para sostener y no olvidar a quienes más están sufriendo, a quienes están en primera línea y para cambiar estas reglas del juego que impedían a Poncho ser feliz.

_ST_1562
Clara camina con su carrito a un costado del parque donde soliamos jugar cerca de casa, antes del confinamiento por la crisis del COVID-19. Esta fue su segundo salida después de que el Gobierno autorizara paseos de una hora. En Madrid, 29 de abril de 2020. Fotografía: Luis Soto.

Deja un comentario