Ahora, abrazo a los árboles

La vacuna contra el coronavirus ya ha llegado a Reino Unido y ya se siente cerca en el mundo en “desarrollo”, pero mientras tanto, en estos meses, la pandemia sigue cobrándose vidas; sigue agudizando una crisis social y económica que afecta,  de manera más aguda, a quienes no han podido dejar de caminar sobre una cuerda floja;  y sigue extendiendo a gran velocidad una huella peligrosa sobre la salud mental de millones de personas. Como dice Nata, “estamos todos locos”.  Y sí Clara, en este doloroso 2020 que está a punto de terminar, estamos todas y todos un poco más locos.  

Los confinamientos, el distanciamiento físico, el teletrabajo, las conciliaciones imposibles, los miedos, el estrés, las muertes, los adioses sin despedida… que se suman a las consecuencias de un sistema depredador hasta con nosotras mismas, nos llevan a invertir la escalada y a descender hacia agujeros negros. De ahí abajo, con ayuda y mucho propósito, podremos salir más fortalecidas, pero va a ser un camino arduo para muchas personas.

Para no caer del todo y recobrar día a día la esperanza y el brillo en la mirada, he comenzado a caminar. A caminar por parques. Parques de barrio y parques señoriales.  Parques todos que, pese a las arterias viarias que les rodean, logran aislarse del vertiginoso ruido, generar vida e inspirar una capacidad sobrehumana para permanecer y albergar remansos de paz. 

Sigo la recomendación de Elsa Punset, que en su último libro “Fuertes, libres y nómadas” (Editorial Destino 2020) aboga por activar ese vínculo originario con la naturaleza que siempre ha sido nuestro hogar. Antes de manera inconsciente, y ahora con todos los sentidos, me doy “baños de bosque”. Respiro, detengo los truenos en mi cabeza, pongo la atención en mi cuerpo, doy gracias a la vida y… y abrazo árboles.

Os lo he contado a ti y a tu padre y me alegra saber que junto a vosotros no me siento tan loca. Os he presentado con formalismo a esos árboles que ahora forman parte de mi día a día y vosotras también les habéis saludado, respetado y abrazado. Incluso lo hacéis cuando yo no estoy.

Ahora, cuando los sábados regreso del paseo largo y más regenerador de la semana, me preguntas si he abrazado a los árboles, y orgullosa te cuento que sí, que he disfrutado estando unos minutos sentada junto a ese abeto predilecto que tú ya conoces, descubriendo la inquieta agilidad de las ardillas, observando la sabiduría innata del bosque, asumiendo los ciclos de la vida y escuchando los susurros dedicados de mi nuevo amigo.

Así que sí, este 2020 terminamos el año más locas. ¿Pero sabes? Me gusta y disfruto muchísimo más esta locura de abrazar y conectar con la naturaleza porque me sana de la otra establecida como irremediable y normalizada. Esa que justifica cualquier incoherencia con el alma, que tolera las injusticias y que nos aleja de los cuidados, de la crianza, de la realización, de las artes, de la espiritualidad, de la toma de conciencia, del amor y de nosotras mismas.

Ojalá tu vida esté acompañada de muchos abrazos, también a los árboles.

Clara y mamá abrazan un abeto en un parque en Madrid, 31 de octubre de 2020. Foto: Luis Soto.

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