¿Por qué las niñas y los niños no votan?

¿Os imagináis que un niño o niña pudiera votar a los seis años? El profesor David Runciman, Jefe del Departamento de Política y Estudios Internacionales de la Universidad de Cambridge, sí. Y no sólo se lo imaginó, sino que en diciembre de 2018 aportó argumentos y despertó debates que hoy siguen siendo válidos. Utópicos, quizá, provocadores, también, pero necesarios para reflexionar sobre una de las vías de participación política en la infancia que está vetada hasta los 18 años en España.

“Creo que antes de nada debemos preguntarles a los niños y niñas qué piensan, porque lanzar reflexiones como adultos que afectan a los niños sin contar con ellos no tiene sentido”, establece como punto de partida Francisco Villarejo, dinamizador de la Participación Infantil y Adolescente del Ayuntamiento de Madrid.

Así que, tomando en consideración las palabras de Villarejo, os invitamos a dar el primer paso: preguntar a vuestras hijas e hijos. ¿Les gustaría votar?  

“¿Así en frío?”, pensaréis. Nuestra invitación viene acompañada de miradas y análisis que, esperamos, os puedan aportar elementos para vuestra reflexión previa al diálogo en familia. Y como postre, os lanzamos una propuesta para quienes la próxima semana tienen la oportunidad de ir a las urnas en Madrid: #VotoEnFamilia

¿Por qué deberían votar niños y niñas?

“Nunca va a suceder, pero como una forma de capturar cuán estructuralmente desequilibradas se han vuelto nuestras democracias, en serio, ¿por qué no? ¿Por qué no los de seis años?”, manifestó Runciman en el programa de podcast Talking Politics que presenta.  Runciman establece la edad de 6 años porque considera que el único requisito para votar debiera ser poder leer y escribir.

Sus declaraciones parten de un argumento principal: evidenciar el sesgo de edad que se produce en la mayoría de democracias modernas, donde las personas de mayor edad, ancianas, que no son demográficamente la mayoría, tienen el mayor peso del voto y condicionan la capacidad de cambiar el debate y discurso político. “Si no se reduce la edad para votar, la política quedará en manos de personas que no van a vivir en el futuro y que solo pueden preocuparse por el presente», alertó.

Algo así como lo que está ocurriendo con la movilización juvenil ante la emergencia climática. “Creo que es la esfera más obvia donde la falta de inclusión política de los niños y niñas tiene un impacto, no sólo sobre ellos sino sobre el futuro de la humanidad”,  expresa Nicolás Brando, investigador en el Centro de Derechos del Niño, en la Universidad Queens de Belfast.

Vinculado o no con la falta de representatividad, lo que es un hecho es el aumento progresivo de la pobreza infantil en España, sobre la que recae el mayor peso de las crisis. “Está claro que si tuvieran derecho de voto, muchas de las cosas por las que se les ignoran, no se ignorarían”, opina Jorge Cardona, actual presidente de UNICEF en el Comité Comunidad Valenciana.

Runciman argumenta que “los jóvenes son superados en número enormemente porque la edad para votar es 18, mientras que no hay un punto de corte en el otro extremo. No pierdes el voto cuando cumples 75 años. Puedes seguir votando hasta el día de tu muerte. Podrías estar francamente demente y aún así poder votar, que es como debería ser. Así que los jóvenes son los perdedores aquí «.

La riqueza de la propuesta del académico británico implica replantear el derecho al voto como un derecho humano, que no debiera estar restringido a nadie en función de sus capacidades. En esta línea se posiciona Brando, para quien “el reconocimiento simbólico  como ciudadano y como votante es mucho más importante, tiene mucho más impacto que lo que puede tener el voto en sí mismo”, que no se ha demostrado que haya cambiado los resultados allí donde la edad de voto se ha rebajado.  

En opinión de Cardona, quien fue miembro del Comité de los Derechos del Niño durante  ocho años, “si pudieran votar (los adolescentes) tendrían un compromiso político que no tienen en la actualidad. Es como sentir que la “cosa pública” no es tuya. Cuando a ti te excluyen de algo, te produce desafección”, reconoce Cardona, quien aclara que la Convención de los Derechos del Niño.

Cardona, con décadas de experiencia forjado en derechos y participación infantil, y Villarejo, a pie de calle cada día con niños y niñas, subrayan que lo importante no debe ser únicamente el voto, sino el fomento de la participación desde edades tempranas, la construcción progresiva y evolución de capacidades.

Carolina Galais, politóloga especializada en opinión pública y participación local, se expresa en la misma línea. “La política no se reduce sólo al acto de votar. De hecho, me parece mucho más transformador que, incluso desde los 6 años,  experimenten lo que es un proceso de elaboración de políticas públicas, y sean informados y consultados (o incluso implicados activamente) en el diseño de una medida que les afecta, que el hecho de que elijan un partido que les represente en unas elecciones”, agrega.

Sobre la edad de voto, Cardona y Villarejo concuerdan en afirmar que ésta no debiera estar condicionada por los años, sino por la madurez y desarrollo, que es diferente en cada niño y niña, región, país. “Pero si hubiera que ponerle una edad, porque a todo se le pone edad, a título individual considero que a los 14 años ya se debería poder votar”, se pronuncia Cardona al ser preguntado expresamente.

¿Por qué no votan niñas y niños?

“Las razones son innumerables. No se da ni una madurez psicológica suficiente, ni un grado de autonomía suficiente, ni un nivel aceptable de comprensión del funcionamiento del sistema político ni de conocimiento de los actores políticos, ni de las implicaciones de las propias decisiones, ni un grado de responsabilidad individual…”, enumera Galais.

Brando, cuyo trabajo en los últimos años se ha centrado en analizar aspectos de discriminación genéricos, ha tomado y analizado cuatro de los argumentos más frecuentes que se utilizan contra la emancipación de niños -como son la falta de capacidad, la falta de experiencia,  la facilidad para ser manipulados y el daño que supondría para la democracia- para desmontar y cuestionar su validez.

“Hay muchas fallas y problemas con los argumentos anteriores. Sin embargo, uno destaca particularmente como problemático: la ausencia de un estándar igual para juzgar los derechos de los niños y los adultos”, recogía Brando en un clarificador artículo publicado en 2019 . Si se aplicaran para la población adulta, dice, “estoy seguro de que muchos de nosotros, los adultos, perderíamos nuestro derecho, mientras que muchos de nuestros hijos tendrían que ser liberados”.

“Básicamente digo que tenemos que ser consistentes: o el derecho al voto y los derechos políticos son un derecho humano al que todos tenemos acceso por ser ciudadanos de un país o una región… o si de verdad creemos que hay ciertas razones que pueden limitar el derecho al voto, entonces debieran aplicarse a toda la población. De lo contrarío, se está produciendo una discriminación por cuestión de edad”, expone Brando, quien critica que “la inocencia o la incapacidad sea utilizada a través de la historia constantemente para legitimar la exclusión de ciertas poblaciones”.

«El derecho a voto está ligado al derecho de ciudadanía, y éste se adquiere con la mayoría de edad; rebajarlo a los 16 años ya supondría un problema técnico y jurídico, como para ampliarlo a personas que no están sujetas a otro tipo de obligaciones ni derechos”, resume con claridad Carolina Galais, quien manifiesta que es “absurdo” que los niños y niñas de 6 años puedan votar.

Brando, filósofo de formación, explica que la definición de ciudadanía que se mantiene tiene su origen en el concepto de autonomía, autosuficiencia y raciocinio de la época aristotélica.  “Es muy complicado, y no solo para la infancia, también para todo el movimiento en pro de personas con discapacidades, abrirse un espacio precisamente porque esta definición no encaja con la realidad plural de lo que es la humanidad”,  reflexiona.

¿Y si en lugar de asumir que son las niñas y los niños quienes no saben votar comenzamos a pensar que lo que está mal ideado es el voto? “Se trata de repensar qué podemos hacer para que este acto político pueda incluir a una población más amplia”, propone Brando, quien expone como ejemplo las reivindicaciones de las personas con discapacidad física. Que una persona con discapacidad física no pueda acceder a un edificio, no es una limitación de la persona, sino del sistema social institucional que no tiene en cuenta a personas con diferentes capacidades.

¿Y si contemplamos que gran parte de la condición humana es ser vulnerables e interdependientes frente a la autosuficiencia y autonomía impuestas? “Este argumento, que viene del feminismo, podría considerarse un pilar básico de lo que es ser humano y, por ende, de lo que significa ser ciudadano”, aporta.

Para Cardona, hay una explicación de fondo que permea cualquier argumento: el adultocentrismo que sigue viendo a los niños como objeto de protección y no como sujetos de derecho. “Lo que hay que proteger son sus derechos, no a ellos. Se considera que los niños y niñas son objetos, que no son ciudadanos, que son los ciudadanos del futuro, sin darse cuenta que los niños y niñas son ciudadanos hoy”, concluye.

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